David Escudero

Mil conciertos guardados en la retina

I

 A David Escudero le cabe una gira de dos años (y casi doscientos conciertos) en la cabeza. La carretera fue su vida durante más de un lustro. Soltaba a los Fitipaldis y enganchaba a Manolo García. Zaragoza, A Coruña, Sevilla, Valencia, Palma, Málaga, Gijón, Murcia, Santander y vuelta a empezar. Durante una etapa bien larga su casa fue un autobús de dos plantas: la baja para charlar, reírse, comerse el bocata, hablar con la novia por el móvil o escuchar el mp3; el piso de arriba para dormir en las literas. Incluso llegó a viajar a Londres y Shanghái con Fito Cabrales, ese rockero de Bilbao que se peina con navaja. David, o Escu, como casi todo el mundo le conoce, tenía menos de treinta, pero enganchó los años dorados en los que el rock español reventaba los grandes recintos con producciones nunca vistas en nuestro país. Las giras de verano prácticamente se solapaban con las de invierno. Él no toca ningún instrumento, pero tiene gran parte del repertorio de varios tótems de la música en castellano almacenado en la cabeza. Sabe cuándo el cantante levantará una mano o cuándo lanzará una mueca al público, sabe anticiparse al solo de guitarra o al momento de protagonismo del bajo, sabe cuándo la batería se acelera o la sección de viento se eleva sobre el público. Sabe, especialmente, cuándo el respetable se emocionará, cuándo caerán lágrimas o se levantarán brazos. Escu sabe todo eso porque su misión era pilotar los mandos de la nave audiovisual durante aquellas giras: era el realizador que se encargaba de acercar a la gente los detalles de lo que ocurre sobre el escenario a través de las pantallas que rodeaban a la banda. Y con más de mil conciertos guardados en la retina, el realizador sabe más por viejo que por diablo.

 II

 “Creo que una buena realización de un concierto tiene que actuar como una lupa. ¿Para qué enseñar un plano general de la banda si el público ya tiene esa visión angular de lo que ocurre? Lo suyo es mostrar las manos del guitarrista, o el gesto de pasión del vocalista, ampliar esas pequeñas cosas que suceden allí arriba y que no se perciben cuando estás entre el público. Pero, ojo, la gente que está en el público es muy importante. Al final, un concierto corre en dos direcciones: está quien toca la música pero también quien la recibe, y se emociona, baila, disfruta… Enseñar esa parte también era muy importante”.

 III

 Escu habla en pasado porque hace tiempo que cambió de tercio, sin desengancharse del todo de la escena musical, que le apasiona tanto como Madrid, la ciudad que le acogió durante diez años antes de regresar a Ibiza, la isla donde se crió. Entre medias, cuando las grandes producciones audiovisuales que acompañaban a las giras empezaron a sufrir los recortes de la crisis que vivió el sector, descubrió Italia a través de Florencia. En la ciudad del Arno, el Duomo, los Medici o Gino Bartali cayó de pie y gozó del placer de trabajar sin estar pendiente de las decenas de personas y materiales que intervenían cuando había que actuar en Las Ventas o el Palau Sant Jordi. El vídeo que le hizo vídeos a aquel chef fiorentino, o a aquella fotógrafa, o a un pintor hípster, o el documental que grabó sobre el proceso creativo de un escultor irlandés (seis meses de rodaje le llevó) son pequeñas joyas que conserva en un portfolio que se ha nutrido de nuevas experiencias gracias a Divadestudio, el sello que ha creado para englobar su trabajo actual, donde saca adelante vídeos para marcas como la de la diseñadora Charo Ruiz o para la pasarela Adlib, trabajos donde trata de contar una historia que se aleje de lo puramente comercial.

 IV

 “Cuando trabajas solo sueles tener más tiempo para producir el material. Te fijas más en la luz, en el color de la imagen, en las localizaciones… Tiene mucho encanto, igual que cuando editas todo ese material que has recogido y le das forma. Me flipa ver cómo una historia va creciendo plano a plano. Es la otra cara de la moneda del trabajo que hacía en las giras. Cuando realizaba estaba hablando durante todo el concierto con los cuatro cámaras que tenía en el equipo. Eran tantas horas de curro, tantos días viajando, tantas experiencias vividas, que entre todo el equipo técnico y artístico que participaba en la gira se creaban unos vínculos muy fuertes. O había complicidad o buen rollo o el show no salía. De una gira te llevas amigos para toda la vida”.

 V

 Los dedos de Escu han realizado conciertos de otros grandes como Serrat y Sabina (en su segunda gira conjunta) o Calamaro (en los cinco macro espectáculos que hizo a pachas con Fito Cabrales en 2008), pero si tiene que acordarse de una artista que le haya dejado huella nombra a Chenoa. No solamente porque se haya convertido en una de sus grandes amigas sino porque con ella empezó su historia como realizador. Antes, casi por azar, había hecho de cámara con Manolo García, con el que volvería a trabajar posteriormente llevando a la pantalla la magia que transpira por las canciones del barcelonés, un talento multidisciplinar que vuelca su arte tanto en la música como en la pintura. Pero fue Chenoa la primera en apostar por él como gran hermano y darle el poder para supervisar todos los objetivos que enfocan el escenario. Cuando lo cuenta, apurando el segundo café de la mañana, recuerda cómo llegó a Valladolid, siendo adolescente, y con ganas de estudiar Magisterio, y acabó trabajando de operador de cámara para una televisión. Ese día aún no era consciente que iba a dedicar sus días a congelar la vida a través de una lente.

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