Jordi Cardona

Un tupé solitario en la trinchera del ‘show business’

I

Jordi aprendió a utilizar el walkman de su padre poco después de que le quitaran los pañales. Trasteaba entre las cintas que su viejo grababa de los vinilos que había repartidos por el salón de casa, se ajustaba los cascos en las orejas, le daba al play y movía las caderas con el desparpajo de la primera edad. Cuando el ser humano es aún un renacuajo no conoce la vergüenza. El rock fue, sobre todo en sus orígenes, un exorcismo para ahuyentar los fantasmas que encadenaban al cuerpo. Por eso es fácil entender que, entre todas las cintas que las pequeñas manos de Jordi introdujeron en la pletina del walkman paterno, su favorita fuera “una de Elvis Presley”.

II

“A mí me gusta cualquier cosa que tenga que ver con el show business”, dice Jordi. Su currículum se explica desde la curiosidad y está impregnado de buen rollo. Ha hablado en programas de radio. Ha hecho de reportero delante de la cámara y se ha colado como actor en obras de teatro y cortometrajes. Entre tanto, se ha convertido en uno de los dj’s más respetados de la escena rockera ibicenca. Devora biografías, crónicas, perfiles, reseñas o reportajes relacionados con la música que ama, un espectro sonoro cada vez más amplio y menos sonoro, menos purista y prejuicioso. Siempre charla con una sonrisa sincera en la boca. El tupé de Jordi, una mata de pelo que se eleva permitiendo que cuelguen sobre la frente dos mechones rebeldes, tampoco es impostado. El tupé sirve de carta de presentación de un melómano empedernido que se empeña en demostrar que lo divertido puede ser profundo, y viceversa. El tupé, como monumento a todos los buenos ratos que le ha dado el rock and roll.

III

Las piernas de Jordi y de su hermana colgaban de un taburete en el bar de Ibiza donde So de Nit, la banda de su padre, solía tocar hace unas décadas. “Nos criamos entre conciertos. Mi madre siempre nos llevaba a ver a mi padre y allí estábamos pendientes de todo. En casa luego se cantaba mucho. Yo he cantado desde siempre, es algo natural”. Cuando internet era una promesa por llegar, Jordi, que ya debía tener walkman propio, se pasó la adolescencia intercambiando cintas con sus amigos, descubriendo grupos nuevos, lanzándose en plancha sobre los viejos clásicos y, sobre todo, hablando de música. El día que cuatro locos se juntaron para formar una banda de rock and roll nadie se extrañó. A ciertas edades, lo único que importa es convertirte en tu ídolo durante cinco minutos. Durante una década ha disfrutado cantando en Rock Garage y Quin Delibat!, en este caso, demostrando que se puede emular a los Arctic Monkeys rimando en el ibicenco que le hablaban sus mayores.

IV

Jordi se pone serio cuando habla de Dylan. Pocos discos le han hecho disfrutar tanto como los de ese joven de Minnesota que un día se fue a Nueva York dispuesto a engrandecer el legado de Woody Guthrie y su máquina para matar fascistas. “Dylan se sorprendió cuando le dieron el Nobel de Literatura porque él es consciente que no es un poeta o un escritor. Al menos, no un poeta o un escritor al uso. Porque lo que hace Dylan, y él mismo reconoce, es escribir historias que están pensadas para ser cantadas. Pero el universo que ha construido es maravilloso, digno del mejor escritor”. Cuando habla del viejo Bob salta inmediatamente a Quique González, con el que le separan menos años y kilómetros de distancia. Sin embargo, al madrileño llegó a través de la ruta americana. Primero tuvo que enamorarse de Johnny Cash, “del que Quique bebe mucho”, para apreciar la épica que envuelve a las canciones de González, esa épica tan made in Midwest, la épica de los territorios inexplorados, los moteles de carretera, los banjos sonando bajo los porches y las chicas que se enamoran en las noches salvajes de Nashville. Si un día llegase el fin del mundo y Jordi fuera uno de los supervivientes, se pasaría el día canturreando las canciones del Daiquiri blues. Algunos diamantes brillan tanto que es imposible dejarlos olvidados en la oscuridad.

V

En los ochenta el mainstream eran Michael Jackson, Police o Prince, “y faltan adjetivos para describir su calidad”. Del mainstream que suena actualmente en la radiofórmula Jordi prefiere no acordarse. Le basta con exigirse disciplina y coherencia para que determinados éxitos no suenen en sus sesiones como dj, bastante eclécticas de por sí. “Si concebimos la música, y la cultura en general, como algo vacío, sin sustancia ni mensaje, nos vamos a cargar algo más que una industria. Acabaremos con una parte de nosotros mismos, con una manera de ver la vida. ¿Por qué no te lo puedes pasar bien escuchando una canción que te dé algo más que un estribillo absurdo y facilón?”. Si la gente se preguntara más por lo que le apasiona, dice, incluidas algunas bandas de indie que se venden como diferentes y acaban haciendo el pop más facilón del mundo, los que estamos en esta lucha no nos sentiríamos tan solos a veces. En el aire suena una guitarra de palo y la voz de Johnny Cash trae unos versos:

I’ll be what I am
A solitary man
A solitary man

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