Laura Tur

La chica de la guía en papel que no quería vivir en el pasado

 

I

Laura guarda una guía (en papel) de Los Ángeles publicada en 1999 que se compró cuando ella era una adolescente y acababa de empezar el instituto. La ha hojeado mil veces. Hoy sigue pasando sus páginas, aunque en internet, esa red que ya lo había cambiado todo cuando Laura se compró la guía de Los Ángeles hace casi veinte años, tenga toda la información, todos los mapas, todos los sonidos de la segunda ciudad más poblada de Estados Unidos. Da igual que la guía sea de los tiempos en que Jack Nicholson veía jugar desde su asiento a pie de pista a Shaquille O’Neal y Kobe Bryant en las filas de los Lakers. La guía es importante porque actúa como madalena de Proust: es un eterno retorno a los deseos viajeros de la adolescencia, a las noches de insomnio viendo la gala de los Oscar, a los sueños en los que la palma de la mano acaricia las butacas del Teatro Kodak, a los montes pelados donde se lee “Hollywood” en grandes letras blancas que quiere colgar en la nevera de casa.

 

II

“Cuando me preguntaban qué quería ser de pequeña, siempre contestaba que actriz. O escritora. Me encantaban las historias, por eso me enamoré del cine. Y si te enamoras del cine, te tienes que enamorar de Los Ángeles”. Este verano, Laura volará con su novio de Barcelona a San Francisco. Bajando en coche por el Silicon Valley o conduciendo por la Estatal 1, la carretera que recorre California de arriba abajo del mapa bien pegada a la costa, entrará en Los Ángeles, probablemente, por Santa Mónica, donde la Ruta 66 se encuentra con un parque de atracciones y una gran pasarela de tablones de madera antes de desembocar en el Pacífico infinito. El coche entrará en una ciudad que parece no acabar nunca porque está hecha de ciudades de cientos de miles de habitantes que se conectan gracias a las toneladas de asfalto y hormigón que se emplearon para construir kilómetros y kilómetros de autopistas que tampoco parecen terminar jamás. En medio de la inmensidad, habrá llegado el momento de vivir lo leído.

III

El tiempo pasa, la vida cambia, la gente se marcha, los cerebros olvidan. A veces, incluso, les obligan a olvidar. De Jack Nicholson se dijo que padecía alzheimer y más de un periodista especuló con la posibilidad de que ya no recordara ninguno de los tres Oscar que ganó, tantos como los anillos que consiguieron los Lakers de Phil Jackson con Shaq y Kobe como estrellas. Es verdad que Shaq hace siglos que se fue para no volver y que hasta Kobe ha colgado del techo del pabellón su camiseta púrpura y oro. Los Ángeles ahora parece otra porque los Lakers son el patito feo de la NBA. Pero Jack Nicholson ha cumplido ochenta y ha desmentido su alzheimer. Incluso dice que va a volver a actuar siete años después de su última película. No se puede vivir eternamente agarrado a la nostalgia. La chica de la guía de papel tampoco quiere vivir en el pasado. Ni cuando pasee por Los Ángeles ni en ningún rincón del planeta. “La comunicación no deja de cambiar de una forma muy rápida y nos parece que todo es mucho más efímero que hace unas décadas, sobre todo para los que crecimos aún en un mundo analógico. ¿Pero quién nos dice que Snap Chat no parecerá un medio de comunicación lento dentro de veinte, cincuenta o cien años?” Los jóvenes son ahora otros, sus preocupaciones son distintas, sus mitos y códigos nos resultan extranjeros. El futuro ahora es suyo, al menos, durante los próximos cinco minutos. Laura ve venir un tsunami y se ha propuesto aprender a nadar en el océano digital observando a los adolescentes.

 

IV

De niña, cuando quería ser actriz o escritora, Laura se recuerda curiosa. La culpa la tienen sus padres. O, visto desde un punto de vista espacial, la vieja casa de comidas de sus abuelos. Y el barrio en el que estaba: la Marina. Ese barrio fue el único puente que tuvo Ibiza con el resto del mundo durante siglos. Las casas encaladas de la Marina miran hacia el puerto por el que tantas mercancías y personas llegaron y se marcharon de la isla hasta que se construyó el aeropuerto a finales de los cincuenta. “En el restaurante siempre estaba rodeada de gente y quería entender lo que decían”. Quizá por eso se matriculó en Filología Inglesa cuando se fue a estudiar a la universidad y, tal vez, por eso acabó trabajando como periodista. Pero Laura dice que el periodismo nunca ha sido una vocación. Aunque leyera a Kapuscinski con pasión, ella no quería escribir como Kapuscinski. Compartir oficio con los cronistas era una excusa para estar cerca de la música, del arte, de los libros, del cine, del teatro, de la tecnología o de la gente. De las cosas que le hacen feliz.

 

V

Editando y maquetando páginas de periódicos, gestionando la comunicación de eventos culturales, montando vídeos para informativos de televisión, Laura ha comprobado que el oficio es mucho más que escribir crónicas. Sabe también que el periodismo no deja de cambiar y, como la curiosidad es insaciable, es fácil adivinar que es un culo de mal asiento. Ha aprendido lo bastante como para perderle el miedo a empezar su propia aventura. Asumiendo el romanticismo y los riegos que acompañan a cualquier proyecto. “Me encantaría tirarme un mes desconectada del mundo virtual para concretar una idea que me da vueltas en la cabeza. Lo complicado es plasmarla y, a veces, tenemos que concentrarnos en nosotros mismos”. Cuando lo cuenta, no se le notan las prisas. Esperar casi veinte años para viajar a Los Ángeles puede cultivar la paciencia hasta a la periodista más curiosa.

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