Ryser

Mezclar sin miedos en busca de una voz propia

I

Yeshe vive en el campo desde hace un tiempo. Su hogar es una casa compartida con otros artistas que han encontrado allí una especie de oasis donde refugiarse de los precios abusivos que han convertido en un deporte de riesgo alquilar una casa en Ibiza. En esa guarida, situada en Sant Josep, al sur de la isla, hay un piano de cola, un estudio de grabación, inspiración flotando en el aire y, sobre todo, toda la calma del mundo para atrapar musas al vuelo y sentarse a componer. Yeshe tiene por delante un invierno clave para darle forma al primer EP de Ryser. Su alter ego es un personaje mutante que lleva unos años viajando a contracorriente para descubrir las razones que explican la pasión de Yeshe por la música. El origen está en la herencia que recibió de sus padres.

 

II

Su madre nació en Inglaterra e iba para actriz de teatro, con todo lo que eso supone en uno de los países que veneran con más fuerza ese ritual mágico que sucede sobre las tablas cuando se representa una función. “Ella se formó muy duro durante bastantes años y llegaron a ofrecerle un papel para una obra importante. Era su momento. Aún era muy joven, pero acababa de pasar un casting bastante difícil y tenía una oportunidad muy buena para hacer carrera. Pero entonces vino a Ibiza y todo cambió para ella…” La historia de la madre de Yeshe es un testimonio más que explica una de las realidades que se vivieron en la Ibiza de los años setenta: una joven extranjera llega a la isla de vacaciones, se enamora de la libertad que se respira en este rincón mediterráneo y da un vuelco de 180 grados a su vida para quedarse para siempre en el sur. “Ha trabajado de muchas cosas para ganarse la vida y ahora es una cocinera excelente, pero nunca ha perdido su pasión por el arte. A mí me inculcó ese respeto por las cosas pequeñas pero bien hechas”.

 

 

 

III

Su padre nació en León y podría haber acabado tocando en la escena nocturna de Madrid o Barcelona, con todo lo que eso supone para un joven de provincias que se apasiona por el jazz y la batería en plena España franquista. “Mi viejo descubrió Ibiza y decidió quedarse. No ha dejado de tocar la batería, aunque ha compaginado la música con otros trabajos. Por ejemplo, durante unos años fue director creativo de una de las discotecas de la isla. Admiro mucho su dedicación porque en este país ser músico es casi una aventura de supervivencia. En España se sigue mirando con desconfianza a la cultura, como si el talento de un artista fuera algo peligroso, simplemente porque a veces cuesta entenderlo. En otros países creo que la situación es diferente, principalmente porque entienden que la creación cultural tiene que funcionar también como una industria”. Gracias a él educó Yeshe su oído. Cuando era pequeño siempre jugó entre estándars jazzísticos y leyendas como Chet Baker, Duke Ellington, Dizzy Gillespie o Miles Davies fueron una especie de niñeros que hacían compañía mientras sus vinilos daban vueltas en el tocadiscos. Canturrear sus propias melodías fue algo casi instintivo para Yeshe. Cuando llegó a la adolescencia, lo hizo escuchando grupos como Limp Bizkit, que influyeron en las primeras canciones con cara y ojos que consiguió componer; y, del nu metal, introducirse en el rap era el paso lógico.

 

IV

Empezó escuchando el hip hop más comercial, el de la Costa Oeste. En su cabeza resonaban los temas de Dr. Dre o Snoop Dogg noche y día. Después rastreó el rap de la Costa Este, más primigenio y conectado de forma más directa con las músicas negras que originaron la cultura hiphopera en las calles de Harlem y el Bronx. El ansia que tenía dentro empezó a brotar en forma de letras propias, donde mezclaba el castellano de su padre con el inglés de su madre. Esos años cultivando temas de rap fueron como un gimnasio para agilizar la mente y trabajar el ritmo a fuerza de rimar. Pero ya entonces notaba que el molde se le empezaba a quedar pequeño. Siguió investigando y dejó que otras influencias permearan su mente. La voz profunda de Yeshe empezó a cantar entre recitados y se dio cuenta de que el soul y el funky eran trajes demasiado relucientes como para pasar por delante del escaparate y no querer probárselos.

V

A Yeshe no se le caen los anillos cuando explica que tiene plan B por si el órdago que acaba de lanzar no funciona. Aún le falta un rato para cumplir los treinta, pero ha tenido tiempo de sobra para trabajar muchos años en la hostelería (“Y no soy nada malo haciendo cócteles, ¿eh?”) o, incluso, como comercial en una empresa de jardinería. Pero desde hace unos meses ha decidido apostar todas sus fichas al mismo color de la ruleta. Ahora solo importa el plan A y luego ya veremos qué ocurre. Ahora, Ryser no es solamente un disfraz a tiempo parcial, es un oficio a tiempo completo. El punto de madurez que se necesita para caminar en solitario lo ha adquirido. Los músicos que podrían acompañarle en el viaje, también. Y, lo más importante, una voz propia a base de fusionar sus influencias que le sirve para domar los arrebatos de la inspiración, como aquél que le levantó de la cama una noche de una Navidad que estaban pasando su padre y él con la familia de León para escribir prácticamente de cabo a rabo uno de sus temas. “Sé que este sueño es difícil, pero no me perdonaría que pasaran quince, veinte o treinta años y me preguntara por qué no lo intenté”.

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