El Kanka

“Andalucía es más que la gracia y el chiringuito: tenemos más premios Nobel que ninguna otra comunidad de España”

Words : Pablo Sierra / Photo : Muchigraphy

 El Kanka tiene la capacidad de celebrar lo cotidiano. Puedo imaginármelo en los días malos, pero intuyo que sabe cómo darle la vuelta a esas mañanas que se ponen cuesta arriba. Quizás le baste con canturrear un poco y juguetear con las rimas que le dan vueltas en el tarro. Juan Gómez Canca, que así se llama este barcelonés nacido en Málaga hace 35 años (entre medias, fue madrileño casi una década entera), desprende buen humor e inquietud por los artefactos culturales que agitan las mentes: los cómics, las novelas, el estudio de grabación o las libretas donde garabatea dibujos y letras. Sin tomarse a sí mismo muy en serio, pero currándoselo de lo lindo, ha conseguido ser, a su manera, un andaluz plural, que se aleja de estereotipos montado en su imaginación, ese ingenio que le permite levantar a un patio de butacas cuando, solo, pero con su guitarra, canta los temas que lleva compuestos hasta la fecha, agrupados en tres discos más que interesantes. Su nerviosismo congénito garantiza que ese torrente creativo fluya con fuerza en los próximos tiempos.

 

FM: ¿En tu casa se ponía a Carlos Cano cuando eras pequeño?

EK: ¡Me encanta Carlos Cano! A mi padre le encantaba. De pequeño, fíjate, no me gustaba, pero cuando crecí aprendí a apreciar su música. Me parece uno de los mejores compositores de España, por lo menos.

FM: ¿Nunca te han dicho que el Kanka suena un poco como él?

EK: A ver, Carlos Cano tiene un poco ese punto clásico de hacer canciones redondas, que se quedan ahí para siempre. Yo soy más pamplinero. ¡De aquí a Lima!, que diría Carlos Cano… ¡Aunque él tiene su puntito en canciones como La murga de los currelantes! O incluso en Las habaneras de Cádiz, con aquellas comparaciones entre las dos ciudades. Yo soy más tontorrón [ríe].

FM: Sílvia Pérez Cruz recuperó hace unos años esa habanera y la ha popularizado entre un público más joven que no la escuchó en su día.

EK: ¡Eso pasa mucho! Hay canciones que son clásicas no porque tengan mucho tiempo. Su forma y su estilo las convierte en clásicas desde que se hicieron. Además de tener una voz muy bonita, entre otras cualidades, Carlos Cano tenía la habilidad para componer clásicos. El último disco de Pasión Vega, que es malaguita como yo, es un homenaje a su carrera.

FM: Carlos Cano tenía una manera de ser andaluz muy universal. Revisando las letras de algunas de tus canciones, me da la sensación de que tú buscas también quitarte las etiquetas facilonas que te puedan poner.

EK: Una de las cosas que he intentado es no perder el acento, aunque me he tirado diez años viviendo en Madrid y ahora vivo en Barcelona. Me mola eso que me dices: Carlos Cano era muy andaluz, pero no se quedaba en el estereotipo. Me gusta que se me aplique esa definición, porque está claro que soy de Andalucía aunque no quiera caer en los tópicos facilones.

FM: Tu canción Andalucía tira un poco por esa senda, reivindicando a Machado o Lorca.

EK: Es que tenemos gentecilla con talento por allí… [risas] Siendo un andaluz exiliado, te jode un poco el estereotipo. Supongo que en Ibiza pasará lo mismo, cuando todo el mundo te diga “fiestero” y te nombre a Pocholo. ¡Pues no, quillo, en la isla hay un montón de gente que se levanta por la mañana y tiene una puta panadería! En todos lados hay de todo. Yo mismo hago chistes en los conciertos sobre lo vagos que somos los andaluces pero es que una cosa es la tontería y, otra, que la gente se lo crea. ¡Andalucía tiene más premios Nobel que ninguna otra comunidad de España! ¡Velázquez y Murillo eran andaluces! Andalucía es la gracia y el chiringuito, pero también es Picasso.

FM: Sin salir de nuestra época y de tu gremio, ahí tenemos el ejemplo de Kiko Veneno.

EK: Hay mucha gente que no tiene claro que Kiko Veneno es andaluz porque ha vivido mucho tiempo en Barcelona y nació en Figueres. Es un tío universal y, al mismo tiempo, transmite un sentimiento andaluz muy fuerte. En su penúltimo disco tiene una canción que se llama también Andalucía y es preciosa. La mía es más humana, se fija más en las personas, y la suya es más paisajística: la ropa tendía, una guitarra que duerme en el sofá…

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FM: Los estereotipos dirían que un chaval malagueño que empuña una guitarra tiene que irse por palos flamencos y no ha sido tu caso. ¿Qué relación tienes con esa música?

EK: No ha sido especialmente una música que haya escuchado más que otras. He escuchado más música latinoamericana que flamenca. Más que nada, porque era lo que se escuchaba en mi casa. Mi padre era de ese corte: Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, incluso Los Panchos, Atahualpa Yupanqui, Chavela Vargas. Esa era la onda que se escuchaba en mi casa.

FM: Tu padre a Alianza Popular no votaba.

EK: ¡No! Incluso se escuchaba en casa a Carlos Puebla, el autor de Comandante Che Guevara, la canción que luego hizo famosa Boikot en España. Ese tío era un castrista de los fuertes y mi padre me decía: “Cuando yo era joven, estaba prohibido escuchar sus canciones”. Eso me llamaba mucho la atención. Antes, de chiquitillo, con cinco años, mi hermana y yo cantábamos las canciones de Carlos Puebla en el coche porque nos encantaba el arte que tenía ese cubano sin saber que hablaba del Che, de la guerra y de otras locuras. Te metía el rollo comunista muy fácil, con unos estribillos muy pegadizos [ríe]. El flamenco, en cambio, se escuchaba muy poquito. En casa había un disco de Paco de Lucía porque había que tenerlo. De pequeño lo tenía un poco asociado a los quinquis, o los merdellones, como los llamamos en Málaga. A ese ambiente calorro y barriobajero. ¡Fíjate qué asociaciones absurdas hace uno! Cuando fui creciendo me di cuenta del valor que posee esa música. Para mí el flamenco es uno de los folklores más populares que hay a nivel mundial. La riqueza de la guitarra flamenca, quillo, a nivel rítmico…

FM: Tú eres guitarrista. Y estudiaste clásica en el conservatorio. ¿Hasta qué curso hiciste?

EK: ¡Maldita sea! Me quedé en sexto de grado medio, a la mitad. Mi experiencia fue rara porque la primera guitarra que cogí en mi vida fue con 17 años. Empecé por mi cuenta porque quería acompañarme. Le echaba tantas horas que me dije: voy a aprender. Imagino que algo sí que aproveché el conservatorio, pero por desgracia casi la única manera que hay de aprender música de forma oficial en España es haciendo clásico. A mí me gusta, pero no es exactamente lo que yo quería. Habría aprovechado más aquella experiencia si hubiera hecho jazz o, incluso, flamenco. A los clásicos hay que estudiarlos porque todo parte de ahí y hay un nivel armónico en sus composiciones que se te va la olla. Lo que me jode es que no haya otra manera, que no puedas licenciarte con facilidad en música de cine, cosa que sí se puede hacer en otros países. A nivel de digitación y para educar el oído, el clásico sí que imagino que me habrá servido, aunque de una manera más abstracta que real. Pero, por ejemplo, el tema rítmico lo he tenido que aprender todo por mi cuenta.

FM: ¿Has quemado etapas muy rápido para haber empezado tan tarde a tocar la guitarra?

EK: Tengo la sensación de que he ido muy rápido en algunas cosas y muy lento en otras. En mi segundo o tercer año de guitarra estaba al nivel de amigos que llevaban tocando toda la vida. No es porque fuera más talentoso que ellos, es que me gustaba tanto (y ligaba tan poco) que le echaba muchas horas. Me levantaba una hora antes de lo que tocaba para ir al instituto porque quería tocar la guitarra. Soy muy obsesivo. Empecé rapidísimo a componer porque tenía ese gusanillo dentro de querer decir cosas.

FM: ¿Escribías antes de componer canciones?

EK: Sí, siempre me ha encantado. Y leer.

FM: ¿Qué leías de chaval?

EK: Muchísimos cómics, a nivel enfermizo. De Mortadelo he leído todo lo que existe.

FM: En tus letras sale Carpanta. El tebeo, como fuente de inspiración.

EK: Ibáñez y su tribu me encantan. De pequeñito miraba los dibujitos antes de saber leer. Y me gusta dibujar también, aunque es una afición que no he desarrollado. Cuando crecí un poco me gustaba mucho una saga que se llamaba El pequeño vampiro [sonríe] y lo flipé con La historia interminable, que fue el primer libro con un contenido más adulto que me impactó. Luego hice el friki con El señor de los anillos, El hobbit y El silmarillion.

FM: ¿Y sigues leyendo ahora?

EK: Sí, todo el rato. Acabo de empezar El hombre en busca de sentido, de Viktor E. Frankl, hoy mismo, en el avión, y he terminado hace nada el último cómic de Darío Adanti, que es buenísimo. ¡Me ha explotado la cabeza con ese libro [No disparen al humorista]! El cómic está muy defenestrado, parece que es un arte menor y hay cosas guapísimas, que no tienen por qué estar relacionadas con el humor. ¡Adanti se mete en unos berenjenales filosóficos! Lo conocí cuando me entrevistaron en Carne Cruda. Acababan de aprobar la Ley Mordaza y me llamaron porque les moló la canción de A desobedecer. Adanti leyó un texto sobre la libertad de expresión súper certero.

FM: ¿Has compuesto alguna canción en viñetas, como si fuera una historia de tebeo?

EK: No… [piensa unos segundos] pero sí creo que hay algo de eso en alguna canción. Toda la vida he ido intercalando libros y cómics. Me imagino que se notará un poco en las canciones cuando escribo imágenes como la de un gorila con chaqueta.

FM: Decías que algunas cosas en tu carrera no habían ido tan rápido. ¿Cuándo te diste cuenta de que la música iba en serio?

EK: ¡Me estoy dando cuenta ahora! La música es un oficio muy complicaíllo. Mira, yo he tenido mucha suerte: me fui a Madrid con una beca Séneca por amor, porque mi novia estaba allí (y yo, en Málaga) y porque pensaba en cómo progresar con la música. Llegué y me salió curro de profe de guitarra, que iba intercalando con los bolos. El cambio fue brusco porque venía de una ciudad muy tranquilita, y me encontré en un hervidero cultural. Eso me vino muy bien porque soy muy nervioso. El inicio fue poco llevadero, pero me tiré nueve años y es mi puta ciudad: he vivido en Embajadores, por Conde Casal y Sainz de Baranda, en Marqués de Vadillo… La echo de menos.

FM: ¿Hay sufrimiento a la hora de escribir una letra?

EK: En mi caso, no. Pero sí que hay obsesión: cuando estoy componiendo, no me llames. Mi novia tampoco lo entiende. Es un runrún que no deja de darme vueltas y que me puede tener tres o cuatro días atrapado. Cuando termino una canción me siento muy feliz.

FM: Le coges cariño, como si fuera una criaturita viva.

EK: Es muy gustoso y juguetón hacer canciones. Y luego salir al escenario a cantarlas ya es…

FM: Ahí arriba, tú solo con tu guitarra, sorprende la cantidad de registros que tiene tu voz. ¿Cómo suena el Kanka con banda?

EK: Tampoco creo que sea tan diferente. Hago más o menos lo mismo aunque tengo más libertad cuando voy solo, que puedo parar en mitad de una canción las veces que quiera.

FM: Si no tendrías que pagarle un psiquiatra a los músicos que se subieran contigo al escenario.

EK: ¡Pobrecillos míos! Con ellos también hacemos coreografías y paramos en medio de un tema para hacer un poco el idiota. Pero está preparado y se permite más el teatro. El concepto tiene más fuerza. Es curioso, pero en los discos, los arreglos de guitarra quedan más o menos como yo los compuse. Es de lo que más me obsesiona cuando compongo: que la grabación sea fiel a la maqueta. Siempre me producen: me arreglan la guitarra eléctrica, me hacen el camino de la batería, me ponen un solo bonito de trompeta. Mi autoproducción acaba con la guitarra y la voz. Tocar conmigo es un coñazo, ya te lo digo [ríe].

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