Cala Escondida, el placer de los veranos sencillos

El chiringuito de Platges de Comte se ha convertido en un ejemplo a seguir por su compromiso con las pequeñas cosas. Este remanso de paz y autenticidad es el lugar ideal para enamorarse de la Ibiza de antes mientras se degusta un mojito a la caída del sol.

Words : Pablo Sierra / Photo : Muchigraphy

El chiringuito son cuatro tablones tan bien ensamblados que da la impresión de ser una caseta de una sola pieza. Su parte trasera se confunde con un acantilado arenoso que marca la frontera entre el mundo exterior y uno de los rincones más bellos y puros de la isla. Aquí abajo no hay cobertura y el tic tac del reloj lo marcan el ir y venir de unas olas mansas que se desmelenan con timidez cuando el sol cae sobre los islotes y, allá en el horizonte, el cielo se tiñe de carmesí.

 

Tess explica que los diez trabajadores que abren y cierran la playa que vigila desde un saliente el chiringuito se olvidan las penas en la cima de la escalera de hormigón que hay que bajar para llegar a Cala Escondida. Dentro del quiosco hay un cambalache de botellas colocadas en los altillos de una caseta que tiene algo de náutico: el espacio es reducido y todo hueco es susceptible de ser aprovechado con fines de almacén, como ha ocurrido en los barcos desde siempre. Por allí se mueve con soltura la tripulación que capitanea Tess, a la que el mar le toca por herencia y por vivencias. Su apellido, Harmsen, cuenta que sus padres vinieron del país que le ganó la batalla al océano para luego navegarlo durante siglos a bordo de sus barcos mercantes y piratas. Sus padres, concretamente, son holandeses de Ámsterdam, la ciudad que un día fue puerto de Indias y luego capital multicultural de los Países Bajos gracias a los inmigrantes que llegaron de las antiguas colonias.

 

Sus padres, músico y actriz, se quedaron prendados de Ibiza en los años ochenta. En la isla nació Tess, la pequeña de tres hermanos, y, aunque sus rasgos recuerden al Mar del Norte, su infancia transcurrió en parajes mediterráneos como el que acoge su chiringuito desde hace tres veranos. “Cuando abrí Cala Escondida quería recuperar la Ibiza de mi infancia, la que me contaron mis padres y la que muchos ibicencos amamos. Esa isla que ahora parece que estamos perdiendo”, dice Tess sobre un asiento que ha improvisado al colocar un pequeño taburete encima de otro pequeño taburete. Es una metáfora del modus operandi que se sigue en su negocio: la suma de pequeñas virtudes puede dar un gran resultado si prima la sencillez.

 

La plantilla es un grupo de amigos formado a partir de casualidades cotidianas. Tess llevaba años persiguiendo la concesión municipal que le permitiera abrir Cala Escondida en la última y más virgen esquina de las Platges de Comte. Cuando lo logró, su mejor amiga se unió al proyecto. Mientras lo montaban, otro puñado de camareros se apuntaron a la idea, atraídos por el aire de libertad que inspiraba el quiosco. Este año, después de dos veranos abiertos, el resto de trabajadores fueron clientes tiempo atrás. Además del sueldo y de algún chapuzón que interrumpe la jornada (la política de empresa recomienda esta práctica para quitarse el estrés y el calor en las horas punta de la jornada), servir mojitos, tirar cañas o sacar de la minúscula cocina las recetas mediterráneas de una carta corta pero contundente para servirlas en las mesas bajas que se despliegan sobre la arena conlleva el placer de mezclarse con una fauna humana de lo más variopinta.

 

Juan Uribe tiene una melena afro y una barba que le dan aspecto de Paul Breitner, un gran futbolista alemán de los años setenta que leía a Marx en sus ratos libres. Él es hoy uno de esos camareros que antes de ayer eran clientes. Con una sonrisa en la boca y la rodilla apoyada en el suelo, Uri, que es como le conocen todos sus compañeros, explica que en Cala Escondida ha recuperado de alguna manera sus años de niñez, cuando sus padres, dos almerienses, llegaron a la isla para trabajar en la cercana playa de Cala Tarida. Donde ahora hay toneladas de hormigón y lujosos beach clubs que programan sesiones de electrónicas, en su momento hubo casetas de madera que alojaban chiringuitos no tan lejanos a su lugar de trabajo actual.

Cala Escondida 2

Tess ha sabido recuperar ese aire añejo para combinarlo con una conciencia ecológica acorde a nuestros días. De la necesidad ha hecho virtud. Todo aquello que entre en el chiringuito tiene que bajarse a pulso por la escalera de la felicidad. Esa es la razón de que por allí solo se descargue comida y bebida. La energía que necesitan las baterías que alimentan a este rincón playero las aportan unas placas que van sorbiendo los rayos del sol según avanzan la mañanas. El baño tiene una sentina propia que se vacía en un lugar conveniente cuando se llena y la clientela brinda con vasos de plástico biodegradable. Ella, y sus compañeros, son los primeros interesados en que la calita siga siendo un lugar limpio y tranquilo. A ello se dedican a diario.

 

La banda sonora marina solo se interrumpe si algún alma bohemia agarra una guitarra o un cajón flamenco. “Eso sí, siempre desenchufado, sin micros ni altavoces. Por aquí han pasado Marwan, Pez Mago o Juanito Makandé, pero no hacemos publicidad de esos pequeños conciertos. Surgen de forma improvisada y no queremos que se pierda la magia”, va contando Tess, mientras la línea del horizonte se difumina y el carmesí deja paso a una negrura cuajada de estrellas. En el porche del chiringuito unas bombillitas de colores (rojo, azul, amarillo, verde) se encienden para adornar la oscuridad. Son luces de verbena, luces de verano.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: