Leiva

“Para escribir una canción tengo que bajar a mi sótano y combatir con mis monstruos”

Words: Pablo Sierra  / Photo: Muchigraphy

Leiva es la calle. La sabiduría y los códigos que echaron raíces sobre el asfalto del extrarradio. La curiosidad del niño que vagabundea por los descampados detrás de una pelota con el cuero hecho jirones. La poca vergüenza que alumbra las gamberradas de la adolescencia. La estantería repleta de vinilos y casetes, la guitarra sobre la cama donde sonaron los primeros acordes, la novia que se queda en el pueblo de la costa cuando llega septiembre. Leiva sigue siendo el niño karateca de la portada de Monstruos, pero es un niño con arrugas en la cara que se acerca a los cuarenta. Precoz en casi todo, pero hábil para no arder demasiado rápido en el fuego fatuo de la fama, charla sobre el rock and roll como si le fuera la vida en ello porque, efectivamente, los vínculos con su gente querida se nutren de música. José Miguel Conejo Torres no sería quién es si no hubiera aprendido todas las artes mencionadas en la Alameda de Osuna, una universidad a cielo abierto en la que sigue viviendo. El barrio le ha permitido reinventarse hasta tal punto que ha acabado produciéndole un disco a uno de sus grandes ídolos.

 

-¿Negarás haberle producido un disco a Joaquín Sabina?

-[Ríe] Es de las únicas pocas cosas que no niego.

-Aunque sea verdad.

-Aunque sea verdad porque ha sido una cosa inolvidable, un episodio que me ha nutrido personal y artísticamente mucho. Difícilmente lo voy a olvidar.

-Si me apasiona la música y me lo he pasado tan bien escuchando a bandas como Pereza es por culpa de Sabina. ¿Fue Joaquín una inspiración en tus comienzos?

Mi hermano mayor, que era un melómano, tenía un póster de Esta boca es mía en el cuarto. Lo había arrancado de la calle. Yo dormía en una litera con él y Joaquín me miraba todos los días desde ese cartel. Siempre ha sido un referente. Me acuerdo que en los viajes que hacíamos en el coche de mis papás la música que sonaba era de Joaquín. El oficio de escribir canciones lo he aprendido con él. Es verdad que yo he escuchado mucha música anglosajona, pero me he fijado mucho en Sabina para saber cómo contar las cosas y construir las historias. Él es un artesano de la canción. Indudablemente, su figura en mi música es súper importante.

-Es duro hacerlo en estos momentos, pero algunos seguimos entendiendo el periodismo como un oficio donde se pasea, se mira y se cuenta. ¿Las canciones nacen también de ese proceso de pasear, mirar y contar?

-Ahora mismo la música se consume muy rápido, la tecnología ha hecho que sea una cosa casi de usar y tirar. Además se consume en aparatos de dudoso sonido. Yo sigo comprando vinilos: me gusta su olor y su tacto; me gusta escuchar un disco entero y ver un concierto del tirón. Pertenezco a esa generación de gente que entendemos la música como algo que va más allá de una canción que se incluye en un playlist. Sí que creo que hay que tomarse un tiempo para degustar un concierto o un disco, para poder hablar y opinar sobre lo que has escuchado. No se puede profundizar en la música si pasas de un artista a otro con un simple click en el Spotify.

LEIVA ENTREVITA 1.1

-El público que se resiste ante lo rápido, ¿puede ser una inmensa minoría?

-No lo sé, pero creo que no. Es verdad que las generaciones nuevas entienden la música de otra manera, yo me siento parte de los románticos. Tampoco creo que tengamos que resistirnos ante la tecnología, que es muy interesante porque da muchas opciones. Yo para encontrar a un grupo tenía que comprarme una revista o ir a Discos La Metralleta a comprarme un álbum. Pero sí creo que todo es muy efímero, ahora hay tanta información que se pierden muchas cosas por el camino. No tiene sentido acumular 7.000 canciones en un teléfono. ¡No vas a escuchar ni el tres por ciento! Hay que volver a escuchar discos enteros y el vinilo se está entendiendo como se entendía hace tiempo, como un objeto importante. El misticismo de comprarte un disco sin haber escuchado al grupo o de verle la cara al cantante solo a través de las revistas se ha perdido porque ahora todo el mundo te cuenta en Instagram hasta lo que ha desayunado. Pero, al mismo tiempo, gracias a la tecnología se ha ganado una cosa muy importante: el acceso a la música para todo el mundo.

-Los que nacimos en los ochenta somos la generación puente. Vivimos lo analógico siendo niños pero nos llegó lo digital demasiado jóvenes como para renunciar a ello. ¿Qué va a ser de nosotros?

-Creo que vamos a seguir entendiendo la música como se entendía antes, independientemente de que tengamos una bomba de información a nuestro alcance y de que estemos entre medias de lo anterior y lo nuevo. Seguiremos yéndonos de viaje y no diremos “son 500 kilómetros al País Vasco” sino “son cinco discos enteros hasta el País Vasco”. Esa es nuestra generación.

-¿Cuántas veces te has subido al escenario desde que se murió San Chuck Berry?

-Diez o doce veces… [Piensa unos segundos] Hoy estamos aquí por Chuck Berry y todo lo que ocurrió en Ibiza hace cincuenta años, todo lo que ha ido pasando en el rock fue gracias a Chuck Berry. Él abrió una senda por la que todos transitamos a día de hoy. Él fue el tipo que se inventó lo que estamos haciendo todos los que nos dedicamos a este mundo.

-¿Cuántos monstruos hay en tu cabeza?

-Hay muchos fantasmas. No creo que más que los que puedan tener otras personas, pero sí los tengo muy presentes. Hacer canciones me parece una manera honesta de combatirlos. Es verdad que te quedas un poco desnudo y desprotegido contando tus propios monstruos, pero hablar de ellos significa que te estás enfrentando a tus miedos.

-¿La música es entonces como la literatura: no hay buena canción o buen libro si el autor no vuelca allí su mierda?

-Cuando te sientas a escribir hay dos caminos: cuento o no cuento. Si cuento, me voy a exponer y voy a sufrir. Si no cuento, va a ser un ejercicio más estético que profundo. Puedo maquillar una letra y poner un verso precioso, pero realmente, para mí, hacer una canción buena supone bajar al sótano, no te puedes quedar en la superficie. Esa es mi manera de entender las canciones.

-¿Elegir la primera o la tercera persona para narrar una canción es una declaración de principios?

-Piensa que no todos tenemos la literatura que tienen Serrat o Joaquín para escribir una canción. Yo no tengo los recursos que tiene Sabina para inventarse mil vidas y que parezcan suyas. Yo tengo que mirar en mi mierda para escribir canciones.

-¿Cómo era la Alameda de Osuna en la que creciste?

-¡Yo tuve mucha suerte! Todos los que vivimos en la Alameda de Osuna la tuvimos. Unas señoras muy mayores, de setenta años, montaron unos locales para que los chavales ensayáramos. Las llamábamos “las mamis”. Al lado de casa tenías unos espacios baratos y legales para formar una banda. Todos los chavales teníamos un grupo y los jueves, sábados y domingos nos juntábamos a tocar. ¡Había miles de grupos! En el barrio se contaba una anécdota muy graciosa. Muchos decían que los que no tocaban se pillaban una funda de guitarra vacía y la sacaban cuando iban a comprar el pan.

-Y ligaban un poco dándoselas de rockeros, de paso.

-¡Eso es! Viví en un barrio donde había un ambiente musical brutal. Esa juventud me hizo aprender mucho. Lo interesante del gran número de bandas que había en la Alameda era la diversidad. Unos hacían grunge, otros punk, otros rock… Así hicimos un ejercicio de desprejuicio muy grande.

– La mayoría de rockeros sois del Atleti. ¿Por qué a excepción de Andrés Calamaro y Quique González, que son madridistas, el pentagrama es rojiblanco?

-Yo es que no sé cómo se elige. En mi casa ni siquiera son del Atlético de Madrid, son del Barça y del Athletic Club. Soy un apasionado del fútbol, no un bien queda: cuando vi al Madrid contra el Bayern, dije: “Este equipo hace el fútbol que a mí me gusta”.

 

-La última vez que tocaste en Ibiza, con Pereza, proyectabais una imagen de Diego Armando Maradona en la pantalla que colocasteis en el escenario.

-¡Buf! ¿Proyectábamos una imagen de Diego de los setenta, no?

-Eso es, de la época de Argentinos Juniors. ¿Quién es Maradona para ti? ¿El más rockero de todos los futbolistas?

-Es como Chuck Berry: alguien que inventó una manera de vivir y jugar al fútbol. Ahora ya no cuenta tanto el verbo jugar. Pero el Diego jugaba, era como Ronaldinho: salía al campo y tiraba un caño en los tres primeros minutos del partido. Entendía el fútbol desde el sitio más romántico y más primigenio. Me gusta lo que pasó con él, me gusta su historia, me gusta cómo gana con el Nápoles siendo un equipo muy flojo…

-¿Has visto un vídeo en el que sale en el aeropuerto de Ezeiza cantando con Calamaro y Fito Páez antes de que la selección argentina se fuera al Mundial de Estados Unidos?

-¡Sí! Joaquín me ha contado muchas historias chulas de Maradona. Ellos son muy amigos. Sé que soy un poco egoísta al decir que me encanta su historia porque es una persona que ha sufrido muchísimo, pero como espectador tiene una vida que engancha, como la de Johnny Cash o Billie Holiday…

-¿Pagarías por componerle una canción y cantársela en directo, como hizo Manu Chao en el fabuloso documental que le dedicó Kusturica a Maradona?

-Sí, y tanto. Soy muy mitómano y para mí las cosas tienen que pasar de una manera natural. Si no me pasa en una noche de copas con Maradona, no vale la pena. Por eso me encanta la canción que le escribió Andrés. Maradona me parece una de las mejores canciones de Calamaro, por profunda y por sincera, y porque tiene un punto divertido y provocador, como el juego que dejó el Diego futbolista. Hay que reivindicar esa canción todos los días.

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