Tres desayunos con Jodorowsky

Desde el año 1991, mis veranos los paso bajo un árbol a cien metros de una playa de Formentera.

Words : Lucas Álvarez / Photo : Muchigraphy

Son unas vacaciones al aire libre, más cercanas a las de un Robinson Crusoe que a las de un joven del siglo XXI, pero son mis vacaciones preferidas. Nuestro árbol es una sabina escondida en un bosque entre dunas. Sus ramas llegan hasta el suelo y forman un radio de sombra de unos quince metros cuadrados alrededor de su enorme tronco. El espacio está cubierto de una cama de pinácea. Allí extendemos esterillas y colchones. No entran los mosquitos, pero sí deja nuestro árbol pasar la brisa; por eso, las noches son más frescas que en cualquier casa de la isla. El bosque nos protege de la humedad de la playa y en él sólo se oye el sonido de la chicharra y el lejano batir de las olas. No necesitamos ni tienda de campaña. Dejamos las guitarras, la ropa y las demás cosas en el coche, en un aparcamiento cercano. En nuestro árbol-cabaña sólo tenemos los sacos de dormir, unas velas y una enorme botella con ocho litros de agua. Para limpiarnos la sal del cuerpo, colgamos la garrafa de una rama y abrimos un poco el tapón: la ducha no puede ser más simple.

Te despiertas por la mañana, caminas hasta la orilla, te quitas la poca ropa que llevas, y entras en un éxtasis de agua cristalina. Así es nuestro un paraíso balear. La gente se sorprende cuando se lo cuento, porque no utilizamos jabones ni papel higiénico (sólo agua), y generamos menos basura que ningún turista. Aunque también hay que confesar que de vez en cuando visitamos los baños de casas de amigos en la isla y usamos sus enchufes para nuestros teléfonos. Aquellos que vienen y prueban por primera vez esta experiencia, se sorprenden tras el paso de los días sin notarse ningún mal olor corporal y con el pelo mucho mejor de lo que esperaban.Y es que hay un equilibrio en lo natural.

No pasa mucho tiempo antes de que te sorprendas fijándote en las huellas del suelo del bosque, o hablando de qué luna habrá esa noche. Para entonces, la idea de dormir entre cuatro paredes te produce cierta claustrofobia. La felicidad es así de sencilla.

En ese escenario idílico y robinsoniano es donde empieza nuestra historia:

Corría el verano del año 2006, y corríamos también nosotros, desnudos por la playa de Migjorn, cuando apareció una amiga buscándome para anunciarme la buena noticia: «Alejandro Jodorowsky está en la isla. Desayuna todos los días en la terraza del Platé en San Francesc». Me quedé petrificado. Le interrogué sobre toda la información al respecto. Podéis creerme si os digo que a la mañana siguiente sonó una alarma despertador en el bosque. Era la mía.

El pueblo de San Francesc es bastante tranquilo por las mañanas. Mientras algunas familias pasean y echan un vistazo a los puestos del mercadillo hippy, los pocos soñadores que hay despiertos desayunan en las terrazas de la plaza. La del Platé es la más cuidada de todas y a esta hora sólo se oye en ella el murmullo de algunas conversaciones. En una mesa grande del centro de la terraza está sentado el psico-mago, con una extraña sonrisa dibujada en los labios. Tiene setenta y siete años y el pelo cano, pero cuando me acerco a saludarle me sorprende con su mirada joven y entusiasmada. Jodorowsky me mira fijamente a los ojos mientras me presento y le pregunto por su visita a la isla y sus nuevos proyectos.

«El cine no tiene la habilidad de sanar que tiene la psico-magia», dice, mientras echa un ojo a la bicicleta que tiene apoyada contra un muro cercano. Me cuenta también que lleva tres días ayunando y que hoy está a punto de romper ese ayuno con un tomate que espera en el plato, de un rojo impaciente. Después de charlar amigablemente un buen rato de esto y de aquello, se interrumpe a sí mismo: «Pero Lucas, ¿tú quieres algo?». Me quedo en blanco. Es obvio que él no está esperando en la terraza toda la mañana para hablar de libros, películas o viajes, sino para ofrecer sanación psico-mágica a quien lo desee. Esa es su misión filantrópica desde hace años. Tardo tanto tiempo en reaccionar que casi me levanto y me alejo, pero al final despierto: «Alejandro, podríamos decir que tengo un problema profesional. Me dedico a escribir canciones melancólicas y de desamor y vivo de los derechos de autor que generan. Tengo miedo de que ese círculo se retro-alimente y de estar buscando, de forma inconsciente, el amor imposible y la añoranza del pasado para inspirarme. Tengo miedo de sublimarlo hasta convertirme en un tío melancólico con un corazón roto crónico». El anciano reflexiona unos segundos y, antes de contestarme, coge cuidadosamente el tomate con los dedos. «Debes entonces romper ese círculo creativo. Tienes que escribir una canción nueva. Una canción sobre un tomate que se deshace en tu boca. Un tomate deshaciéndose en tu boca no tiene pasado y no tiene futuro. Es puro presente. Ese es el ejercicio psico-mágico que tengo para ti».

Al anochecer ya tengo escrita la Rumba del Tomate:

“Si un tomate se rompe en mi boca,

si en mi boca se rompe un tomate.

¿Qué me importan ya todas las cosas

si un tomate se rompe en mi boca?

Y déjame que me pinte los labios,

déjame que me manche la cara,

déjame que me tiña de rojo

y que me dé de beber con su panza”.

A la mañana siguiente vuelvo a despertarme pronto. Voy emocionado con mi guitarra a la espalda, directo hacia San Francesc, donde lo encuentro sentado en la misma mesa. Me siento y le canto allí parte de la canción. Entre risas, me felicita por completar tan pronto mi tarea. Pero esta vez no me quedo en blanco. Traigo preparada mi siguiente cuestión vital: «Alejandro: encuentro muy difícil disfrutar en soledad de algunas cosas. Digamos que estoy presenciando un atardecer espectacular en una playa de Tailandia. Pues no puedo dejar de pensar en cuánto disfrutaría tal o cual persona si estuviera allí conmigo. Creo que esa pequeña obsesión no me deja saborear del todo el momento, que estoy hipotecado por mis ansias de compartirlo».

«Está muy bien querer compartirlo todo con tus seres queridos, Lucas, pero también tienes que cultivar tu propio jardín privado. Yo tengo una gran biblioteca en casa y presto a mis amigos muchos de mis libros predilectos. Pero hay una determinada colección que no dejo que nadie toque. Es mi colección secreta. También tengo un diario íntimo con mis pensamientos más locos y perversos. En él vuelco mi imaginación más oscura sin ningún tipo de filtro. Te contaré uno como excepción y para que te hagas una idea». En ese momento Alejandro Jodorowsky me dibuja con palabras una fantasía tan perversa que siento cómo en ese momento se me atraganta un poco el desayuno. No puedo contarlo porque di mi palabra de no hacerlo, y porque posiblemente, heriría muchas sensibilidades.

«Querido Lucas: en las próximas semanas, cuando te ocurra algo emocionante o especial, quiero que lo guardes en secreto y no se lo cuentes a nadie, aunque te mueras de ganas. Tendrás que hacer un esfuerzo; ésa será la primera semilla de tu pequeño jardín privado».

Así acaba mi segunda sesión de psico-magia, con un claro propósito de atesorar algún secreto en el futuro.

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El tercer desayuno no se deja esperar. Esta vez no estamos solos: Alejandro está con su compañera de viaje, una mujer croata que al parecer es psicoanalista; yo, por mi parte, he venido con un amigo que no sabe muy bien quién es esta gente ni a qué se dedica, pero que ha insistido en acompañarme.

Otra vez soy yo quien abre el debate: «Alejandro, no consigo olvidarme de mi ex pareja, y llevo así más de un año». Se ve que esta cuestión se la han planteado muchas veces a nuestro post freudiano amigo, porque me responde inmediatamente: «A partir de los seis meses de duelo tras una ruptura sentimental, deberías buscar las causas de tu sufrimiento, pero no en tu ex, sino en ti mismo y en la relación con tu madre. Tienes que perdonar a tu mamá por haber sido tan buena y haberte querido tanto.

Te recomiendo que lo materialices todo en un acto psico-mágico atrevido: pega una foto de tu madre con una de tu ex novia cara con cara. Entiérralas en un tiesto y planta una semilla para que crezca una flor en tu ventana».

La verdad es que después de leer varios de sus libros, no esperaba yo menos de su receta. Lo apunto todo mentalmente. «También te recomendaría un ejercicio de regresión a tu infancia», prosigue. «Encuentra un sitio silencioso donde nadie te moleste. Siéntate y cierra los ojos. Haz una meditación de veinte minutos y luego elige una escena de esos años de tu niñez. Concéntrate en ella y ve recordando todos los detalles, empezando por los físicos (cómo era el lugar, con quién estabas, etc.). Tira poco a poco del hilo de tu memoria olvidada hasta poder reproducir una secuencia completa de ese pasado, y continúala en el tiempo. Estudia cuáles eran tus sensaciones y sentimientos y cómo era tu relación con los demás. Un ejercicio de regresión así sólo puede ayudarte a encontrar claves de tu personalidad y algunas de sus causas primeras.

 

De pronto, el amigo que me acompaña salta con una pregunta inesperada para Jodorowsky: «Oye, pues yo quiero ser rico. ¿Qué tengo que hacer?».

«¿De verdad quieres ser rico? Para serlo tendrás que adorar al dinero, aunque sea simbólicamente. Es necesario que lleves a cabo un rito diario con un billete de quinientos euros. Todas las mañanas te lo refregarás por tu cuerpo desnudo delante de un espejo».

Mi amigo se ríe ante la respuesta. No se le ocurre pensar que el mago tiene toda la razón. Para poner en práctica este ritual, en primer lugar, hace falta ahorrar esa suma de dinero y evitar gastarla; esa es casi siempre la primera condición para amasar una fortuna.

Me levanto por fin y le doy las gracias a Alejandro por su tiempo y su interés. Nos despedimos con un abrazo.

 

Esa misma noche me escapo a dormir a un colegio abandonado de San Francesc. En una de las aulas de la segunda planta coloco mi colchón. Hay un montón de papeles con exámenes de secundaria por el suelo. Los pupitres están llenos de polvo y procedo a limpiar la pizarra con el borrador, no sé por qué extraño impulso. Me tumbo en mi catre y apago la linterna. Cierro los ojos y dejo que pasen los pensamientos buscando poner la mente en blanco. Al rato ya me he relajado y puedo visualizar mi escena. Estoy en mi antigua habitación. Tengo doce años. Hago un esfuerzo por recordar todos los posters que la adornan. La posición de la cama, mi mesilla de noche y mis cómics. De pronto oigo como mi madre nos llama a todos a comer…

 

Dos horas más tarde, vuelvo de mi regresión con lucidez y con grandes revelaciones en la cabeza:

 

  1. Pasé toda mi infancia haciendo rabiar a mis hermanos de una manera cruel. Sé que esto pasa en todas las familias, pero en mi caso era exagerado.
  2. No sé si por ser el mediano de tres hermanos o porque es algo innato en mí, pero era yo siempre quien intentaba destacar y llamar la atención cantando o actuando.
  3. Era el único de mis hermanos que robaba dinero a mis padres. También el único que sentía fascinación por las películas de terror. Podría decirse que mi papel fue el de oveja negra o el del lado oscuro.

 

  1. Mi primer amor imposible fue mi tía Solete, unos quince años mayor que yo. Ella fue la primera de una larga lista de amores imposibles que se han ido sucediendo hasta hoy.

 

 

A los pocos días regreso a Madrid. Llamo por teléfono a mis dos hermanos y organizo una pequeña comida en la que les cuento mi regresión y mis sesiones de psico-magia. A continuación les pido perdón (sobre todo a mi hermano pequeño) por tantos años de tormento fraternal. Se ríen a carcajadas de mis ocurrencias.

 

Lo de la foto de nuestra madre enterrada en una maceta no les hace tanta gracia.

 

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